jueves, 10 de octubre de 2013

Capítulo 11

Hundí más la cabeza en la almohada  y grite con todas mis fuerzas aprovechando uno de los truenos producidos por la tormenta que llevaba ya una semana.
-Una semana- Repetí mentalmente.
Habían pasado ya dos meses desde que Dougie me había dicho que tenía que irse. Con la manga izquierda de mi campera limpié una de las lágrimas que caían por mi rostro
Me recordé a mi misma que tan sólo sería un mes, que él no estaba dejándome de forma definitiva. Pero parecía que ya nada surgía efecto. Todo me parecía ridículamente injusto. ¿Por qué ahora?
Por un lado,  sabía que la posibilidad de que Dougie participara en un reality show como ‘I’m a celebrity get me out of here’ era una forma de demostrarle al mundo que estaba de vuelta. Entendía por qué su representante había insistido tanto en ello, aunque, por el otro, solamente quería tenerlo conmigo. ¿Cómo se suponía que íbamos a mantener contacto si él estaba en el medio de la jungla sin ningún tipo de comunicación con el exterior? Sobre todo eso, había que recordar el hecho de que nadie sabía de mi existencia, al menos no las fanáticas.
Suspiré y me di vuelta en la cama quedando así boca arriba. Inhalé grandes cantidades de aire en busca de rellenar mis pulmones y refrescar mis ideas. Repasé los eventos de los últimos días, mis últimos días con él en quien sabía cuánto tiempo.
Después de contarme lo de su participación en el programa Dougie había ido a visitarme a Priory todos los días. Las visitas sobrepasaban bastante el margen de una hora establecido, pero a nadie parecía importarle. Ya que, técnicamente, yo estaba tomando mis medicinas por lo que mis horarios de visitas volvían a regularizarse. Además, a Ben no le importaba hacer la vista gorda, teniendo en cuenta las circunstancias.
Desvié la vista hasta el montón de hojas blancas que descansaban sobre mi mesita de luz. Dougie me las había dado la mañana antes de partir. Camino al aeropuerto habían pasado por la clínica para que pudiéramos despedirnos.
Tan pronto como reconocí su figura parada en el marco de la puerta me abalance para rodearlo con mis brazos, aunque logré contener las lágrimas, bueno, al menos la mayoría.
Mientras me sujetaba entre sus brazos el chico sacó un rollo de papel blanco y lo depositó en mis manos.
-Dijiste que ibas a ayudarme a redecorar mi casa – Dijo con una media sonrisa mientras yo tomaba las hojas.
Le dediqué una mirada algo confundida.
Dougie tomo un mechón de mi cabello y lo deposito detrás de mi oreja con delicadeza – Quiero que pintes todo lo que te pase a partir de ahora, hasta que yo regrese – Explicó.
En ese momento no fui capaz de contenerme más, mi rostro se puso completamente rojo a medida que las lágrimas caían a borbotones sobre mis mejillas. Interiormente lo maldije por ser tan insoportablemente tierno, por recordarme lo mucho que lo necesitaba, lo mucho que lo iba a extrañar.
Él se acercó más a mí para que pudiera hundir el rostro en su pecho y oler su perfume por última vez.
Nos mantuvimos así todo lo que pudimos, extendiendo los minutos al máximo. Eventualmente Tom, quién lo acompañaba, nos recordó que debían tomar un avión, por lo que tuvimos que separarnos.
Dougie secó un par de mis lágrimas con sus dedos, recuerdo que sentí un pequeño escalofrío ante su tacto, luego depositó un tierno beso en mis labios.
-Te voy a extrañar –
Alcé la cabeza para poder ver sus ojos – Te prometo que para cuando vuelvas ya voy a estar afuera-
Dougie tragó saliva - ¿Prometido?-
Asentí una vez y las lágrimas volvieron.
El chico acercó su boca a mi oído – Te amo - Susurró antes de dar media  vuelta y desaparecer de mi vista.
Me quedé en silencio contemplando su silueta, intentando memorizar cada una de sus facciones,  ellas iban a ser mi única compañía hasta que él volviera. Algo a lo que aferrarme en los tiempos venideros.
-Te amo – Respondí con un hilo de voz creyendo que tal vez pudiera escucharme.
Los recuerdos de ese día seguían siendo demasiado dolorosos, demasiado frescos y claros. Las lágrimas volvían a amenazarme, por lo que decidí volver a dormir. Cerré los ojos deseando despertar únicamente cuando él estuviera de regreso.
…
La lluvia cesó un par de días más tardes. Pero las consecuencias del temporal se reflejaban en el barro del jardín y los charcos de agua en el comedor de la clínica.
Era martes por la mañana, me encontraba  sentada en la mesa que habitualmente compartía con Josh, Jenna y Charlotte, sólo que esta vez ninguno de ellos estaba ahí.
Tal vez era porque todavía faltaban unas horas para cenar. Por el rabillo del ojos observé el reloj, marcaba las seis pm.
Emití un bufido y hundí la cara entre las manos. Por fin había decido salir de mi encierro, pero parecía que nadie había notado mi ausencia.  
Estaba segura de que el doctor se había percatado de mi no presencia e nuestras consultas diarias, pero supongo que estaba dándome un poco de espacio, teniendo en cuenta todo por lo que mi débil sistema afectivo estaba pasando. Con Dougie lejos se me hacía más difícil controlar los ataques depresivos. Afortunadamente, él se había ido en Noviembre y mis padres habían ido a visitarme en Octubre, por lo que fui capaz de dejarles una muy buena impresión, al menos ellos iban a estar tranquilos.
Además, tuve el suficiente autocontrol como para continuar con mi engaño con los medicamentos. Durante los dos días en que me reusé a salir de mi cuarto, incluso para comer, acepté, aunque de mala gana, las píldoras blancas que Ben me tendía, junto con algún que otro bocadito que se había ‘robado’ de la cocina. De todas formas, sabía que mis padres vendrían de visita en un par de días, no podían verme en este estado, tenía que hacer algo y pronto.
Mi mente continuaba divagando cuando un movimiento en los alrededores atrajo mi atención. Rápidamente alcé los ojos y alcancé a divisar una cabellera colorada avanzando por la sala.
Los pasos de Jenna eran acelerados, todavía meticulosos y medidos,  saltaba, a ojos vista, que algo le perturbaba.
Intenté llamarla, pero parecía totalmente ida, no se inmutó ante mis palabras. Intrigada ante su extraña conducta la perseguí a través del comedor y hasta los pasillos. La chica no aminoraba su paso y en cierto punto creí que nunca iba a detenerse.
Finalmente logré distinguir las puertas de los dormitorios de mujeres. Jenna se detuvo frente a uno de ellos y abrió la puerta.
-¡Jenna!- Volví a llamarla.
Esta vez obtuve una respuesta.
Su cuerpo giró y ella me miró - ¡Lara!, ¿hace cuanto me seguís?-
-Desde el comedor – Explique encogiéndome de hombros – Intenté llamarte pero no oías-
La chica chasqueo la lengua – Perdón por eso, estaba… algo ida-
-No importa – Le resté importancia - ¿Está todo en orden?-
Asintió y tomó el picaporte de la puerta – Sí, sólo venía a cambiarme  para ir a cenar-
-¿Te espero? – Ofrecí –  Estoy algo sola…-
-Claro, pasa- Aceptó sin dudarlo.
Me quedé parada en mi posición frente a la puerta, esperando a que ella la abriera.
Jenna tiró del picaporte y abrió la puerta unos centímetros, luego volvió a cerrarla, una vez, y otra, y otra.
-Uno, dos, tres – Oí que contaba en susurros-
Percatándose de mi extrañeza sus mejillas ardieron y me dedico una sonrisa avergonzada a medida que  abría la puerta en su totalidad y me invitaba a entrar a su cuarto.
-Perdón, no puedo controlarlo-
Me encogí de hombros para demostrarle que no me importaba, no quería hacer la sentir incómoda, después de todo ¿quién era yo para juzgarla? Sin embargo, parecía que el día me deparaba muchas más sorpresas.
Tan pronto como puse un pie en el cuarto de la chica sus ojos se abrieron como platos.
-Lara – Empezó a decir algo incómoda – Necesito que te saques los zapatos-
Contuve las ganas de arquear las cejas y obedecí sin chistar. Segundos más tarde deposité mis viejas converse en el suelo junto a las dedicadas chatitas blancas de Jenna.
-Perdón por eso – Volvió a disculparse a medida que abría las puertas de  su ropero de forma frenética – Es que nunca se sabe qué clase gérmenes puede haber afuera, menos en un lugar como este-
-No hay problema- La tranquilicé.
Se voltio y me dedico una sonrisa amistosa. Noté que en sus manos sostenía un vestido de algodón blanco, similar al que llevaba puesto en esos momentos, sólo que el que ahora usaba era de color beige.
-Voy a cambiarme – Explicó y  luego se encaminó hacia el cuarto de baño.
Mientras oía a Jenna contando hasta tres en voz baja antes de entrar al cuarto de aseo me dediqué a examinar su ropero.
Ciertamente estaba pulcramente ordenado,  tal vez demasiado. Su ropa estaba organizada por color, lo cual era toda una proeza ya que  los colores de la mayoría de sus prendas oscilaban entre el blanco y beige. Además de eso, noté algunas etiquetas, nunca me había interesado demasiado la moda, pero reconocía el logo de Coco Chanel  y Carolina Herrera cuando los veía.  Se podía decir que prácticamente todas sus prendas eran de diseñador.
Continué examinando su cuarto. El blanco  habitual del hospital, que tanto me enfermaba y exasperaba, había sido cubierto por infinidad de listas de papel.
Me acerqué más para analizar algunas.  Casi ninguna tenía títulos o palabras que me indicaran que era lo que Jenna contaba con tanto ahínco, pero todas eran bastante largas. No fue sino una la que captó mi atención, ocupaba casi cinco hojas oficio en la pared, con el dedo seguí las anotaciones hasta el final que indicaba 1735 días. Arquee las cejas, ¿qué podía llevar tanto tiempo?
-Listo – Me informó Jenna saliendo del baño – Ya podemos… - Se detuvo en seco al notar lo que yo estaba haciendo.
Temiendo haber husmeado demasiado en su privacidad me aparté y puse cara de arrepentimiento – Lo siento, no quería-
-Escuché que tus padres vienen de visita la próxima semana- Comentó ella mientras depositaba la ropa que se había sacado dentro del ropero – Vienen bastante seguido—
Ladeé la cabeza incapaz de descifrar el significado detrás de sus palabras – Supongo, ¿no lo hacen todos?-
-No todos – Afirmó ella –Al menos no los míos-
La miré confundida -¿A qué te referís?, ¿cuánto hace que no los ves?
-Cuatro años, dos meses y quince días – Contestó sin vacilar – Desde que ingresé a Priory-
-¿Cómo?-
Jenna estiró una arruga invisible de su vestido – Mi padres, bueno, ellos no se tomaron muy bien lo de mi… problema-
Genial, Lara, tenés un don para hacer sentir mal a la gente - Me regañó mi subconsciente.
Con movimientos lentos caminé hasta donde ella se encontraba, coloque mi mano en su hombro para darle ánimos, aunque no estaba segura de que decir exactamente.
-Tal vez tiene conflictos para venir, seguro deben llamar seguido-
Jenna negó con la cabeza – Para ellos la imagen lo que los demás piensen es sumamente importante – Explicó con un deje sarcástico – Se encargaron de idear una buena mentira para sus amigos del club de polo-
La miré confundida - ¿Dónde les dijeron que pasaste todos estos años?-
-En un internado en París, codeándome con la creme dela creme francesa – Explicó con ironía – Solamente hablan conmigo para mi cumpleaños, navidad y año nuevo, para todo lo demás se dirigen directamente al médico de cabecera que tenga en ese momento-
Me quedé en silencio, analizando sus palabras, me costaba asimilar todo lo que me estaba contando, me negaba a hacerlo, ¿qué clase de padres podrían hacer algo así?
-Deberíamos ir al comedor ahora – Sugirió Jenna cambiando de tema – Ya no falta demasiado para la cena-
Asentí todavía algo cohibida y comencé a seguirla hasta la salida de su cuarto. Antes de que la puerta se cerrara detrás de mi di un último vistazo a la lista que antes había captado mi atención, la más larga de todas, 1735 ítem, el equivalente a 4 años, 2 meses y 15 días, el tiempo que hacía que Jenna no veía a sus padres. Me sorprendió no haberlo descubierto hasta ahora, después de todos esos meses en la clínica con ella, no me había molestado en conocerla mejor, estaba demasiado metida en mi mista, en mis problemas, en esa actitud egocéntrica y narcisista de creer que soy el único ser con desgracias en la tierra, sin percatarme de que todos tenemos pesos que llevar.



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