Hundí más la cabeza en la almohada y grite con todas mis fuerzas aprovechando
uno de los truenos producidos por la tormenta que llevaba ya una semana.
-Una semana- Repetí mentalmente.
Habían pasado ya dos meses desde que Dougie me había dicho
que tenía que irse. Con la manga izquierda de mi campera limpié una de las
lágrimas que caían por mi rostro
Me recordé a mi misma que tan sólo sería un mes, que él no
estaba dejándome de forma definitiva. Pero parecía que ya nada surgía efecto.
Todo me parecía ridículamente injusto. ¿Por qué ahora?
Por un lado, sabía
que la posibilidad de que Dougie participara en un reality show como ‘I’m a
celebrity get me out of here’ era una forma de demostrarle al mundo que estaba
de vuelta. Entendía por qué su representante había insistido tanto en ello,
aunque, por el otro, solamente quería tenerlo conmigo. ¿Cómo se suponía que
íbamos a mantener contacto si él estaba en el medio de la jungla sin ningún
tipo de comunicación con el exterior? Sobre todo eso, había que recordar el
hecho de que nadie sabía de mi existencia, al menos no las fanáticas.
Suspiré y me di vuelta en la cama quedando así boca arriba.
Inhalé grandes cantidades de aire en busca de rellenar mis pulmones y refrescar
mis ideas. Repasé los eventos de los últimos días, mis últimos días con él en
quien sabía cuánto tiempo.
Después de contarme lo de su participación en el programa
Dougie había ido a visitarme a Priory todos los días. Las visitas sobrepasaban
bastante el margen de una hora establecido, pero a nadie parecía importarle. Ya
que, técnicamente, yo estaba tomando mis medicinas por lo que mis horarios de visitas
volvían a regularizarse. Además, a Ben no le importaba hacer la vista gorda,
teniendo en cuenta las circunstancias.
Desvié la vista hasta el montón de hojas blancas que
descansaban sobre mi mesita de luz. Dougie me las había dado la mañana antes de
partir. Camino al aeropuerto habían pasado por la clínica para que pudiéramos
despedirnos.
Tan pronto como reconocí su figura parada en el marco de la
puerta me abalance para rodearlo con mis brazos, aunque logré contener las
lágrimas, bueno, al menos la mayoría.
Mientras me sujetaba entre sus brazos el chico sacó un rollo
de papel blanco y lo depositó en mis manos.
-Dijiste que ibas a ayudarme a redecorar mi casa – Dijo con
una media sonrisa mientras yo tomaba las hojas.
Le dediqué una mirada algo confundida.
Dougie tomo un mechón de mi cabello y lo deposito detrás de
mi oreja con delicadeza – Quiero que pintes todo lo que te pase a partir de
ahora, hasta que yo regrese – Explicó.
En ese momento no fui capaz de contenerme más, mi rostro se
puso completamente rojo a medida que las lágrimas caían a borbotones sobre mis
mejillas. Interiormente lo maldije por ser tan insoportablemente tierno, por
recordarme lo mucho que lo necesitaba, lo mucho que lo iba a extrañar.
Él se acercó más a mí para que pudiera hundir el rostro en
su pecho y oler su perfume por última vez.
Nos mantuvimos así todo lo que pudimos, extendiendo los
minutos al máximo. Eventualmente Tom, quién lo acompañaba, nos recordó que
debían tomar un avión, por lo que tuvimos que separarnos.
Dougie secó un par de mis lágrimas con sus dedos, recuerdo
que sentí un pequeño escalofrío ante su tacto, luego depositó un tierno beso en
mis labios.
-Te voy a extrañar –
Alcé la cabeza para poder ver sus ojos – Te prometo que para
cuando vuelvas ya voy a estar afuera-
Dougie tragó saliva - ¿Prometido?-
Asentí una vez y las lágrimas volvieron.
El chico acercó su boca a mi oído – Te amo - Susurró antes
de dar media vuelta y desaparecer de mi
vista.
Me quedé en silencio contemplando su silueta, intentando
memorizar cada una de sus facciones,
ellas iban a ser mi única compañía hasta que él volviera. Algo a lo que
aferrarme en los tiempos venideros.
-Te amo – Respondí con un hilo de voz creyendo que tal vez
pudiera escucharme.
Los recuerdos de ese día seguían siendo demasiado dolorosos,
demasiado frescos y claros. Las lágrimas volvían a amenazarme, por lo que
decidí volver a dormir. Cerré los ojos deseando despertar únicamente cuando él
estuviera de regreso.
…
La lluvia cesó un par de días más tardes. Pero las
consecuencias del temporal se reflejaban en el barro del jardín y los charcos
de agua en el comedor de la clínica.
Era martes por la mañana, me encontraba sentada en la mesa que habitualmente
compartía con Josh, Jenna y Charlotte, sólo que esta vez ninguno de ellos
estaba ahí.
Tal vez era porque todavía faltaban unas horas para cenar.
Por el rabillo del ojos observé el reloj, marcaba las seis pm.
Emití un bufido y hundí la cara entre las manos. Por fin
había decido salir de mi encierro, pero parecía que nadie había notado mi
ausencia.
Estaba segura de que el doctor se había percatado de mi no
presencia e nuestras consultas diarias, pero supongo que estaba dándome un poco
de espacio, teniendo en cuenta todo por lo que mi débil sistema afectivo estaba
pasando. Con Dougie lejos se me hacía más difícil controlar los ataques
depresivos. Afortunadamente, él se había ido en Noviembre y mis padres habían
ido a visitarme en Octubre, por lo que fui capaz de dejarles una muy buena
impresión, al menos ellos iban a estar tranquilos.
Además, tuve el suficiente autocontrol como para continuar
con mi engaño con los medicamentos. Durante los dos días en que me reusé a
salir de mi cuarto, incluso para comer, acepté, aunque de mala gana, las
píldoras blancas que Ben me tendía, junto con algún que otro bocadito que se
había ‘robado’ de la cocina. De todas formas, sabía que mis padres vendrían de
visita en un par de días, no podían verme en este estado, tenía que hacer algo
y pronto.
Mi mente continuaba divagando cuando un movimiento en los
alrededores atrajo mi atención. Rápidamente alcé los ojos y alcancé a divisar
una cabellera colorada avanzando por la sala.
Los pasos de Jenna eran acelerados, todavía meticulosos y
medidos, saltaba, a ojos vista, que algo
le perturbaba.
Intenté llamarla, pero parecía totalmente ida, no se inmutó
ante mis palabras. Intrigada ante su extraña conducta la perseguí a través del
comedor y hasta los pasillos. La chica no aminoraba su paso y en cierto punto
creí que nunca iba a detenerse.
Finalmente logré distinguir las puertas de los dormitorios
de mujeres. Jenna se detuvo frente a uno de ellos y abrió la puerta.
-¡Jenna!- Volví a llamarla.
Esta vez obtuve una respuesta.
Su cuerpo giró y ella me miró - ¡Lara!, ¿hace cuanto me
seguís?-
-Desde el comedor – Explique encogiéndome de hombros – Intenté
llamarte pero no oías-
La chica chasqueo la lengua – Perdón por eso, estaba… algo
ida-
-No importa – Le resté importancia - ¿Está todo en orden?-
Asintió y tomó el picaporte de la puerta – Sí, sólo venía a
cambiarme para ir a cenar-
-¿Te espero? – Ofrecí –
Estoy algo sola…-
-Claro, pasa- Aceptó sin dudarlo.
Me quedé parada en mi posición frente a la puerta, esperando
a que ella la abriera.
Jenna tiró del picaporte y abrió la puerta unos centímetros,
luego volvió a cerrarla, una vez, y otra, y otra.
-Uno, dos, tres – Oí que contaba en susurros-
Percatándose de mi extrañeza sus mejillas ardieron y me
dedico una sonrisa avergonzada a medida que
abría la puerta en su totalidad y me invitaba a entrar a su cuarto.
-Perdón, no puedo controlarlo-
Me encogí de hombros para demostrarle que no me importaba,
no quería hacer la sentir incómoda, después de todo ¿quién era yo para juzgarla?
Sin embargo, parecía que el día me deparaba muchas más sorpresas.
Tan pronto como puse un pie en el cuarto de la chica sus
ojos se abrieron como platos.
-Lara – Empezó a decir algo incómoda – Necesito que te
saques los zapatos-
Contuve las ganas de arquear las cejas y obedecí sin
chistar. Segundos más tarde deposité mis viejas converse en el suelo junto a
las dedicadas chatitas blancas de Jenna.
-Perdón por eso – Volvió a disculparse a medida que abría
las puertas de su ropero de forma
frenética – Es que nunca se sabe qué clase gérmenes puede haber afuera, menos
en un lugar como este-
-No hay problema- La tranquilicé.
Se voltio y me dedico una sonrisa amistosa. Noté que en sus
manos sostenía un vestido de algodón blanco, similar al que llevaba puesto en
esos momentos, sólo que el que ahora usaba era de color beige.
-Voy a cambiarme – Explicó y
luego se encaminó hacia el cuarto de baño.
Mientras oía a Jenna contando hasta tres en voz baja antes
de entrar al cuarto de aseo me dediqué a examinar su ropero.
Ciertamente estaba pulcramente ordenado, tal vez demasiado. Su ropa estaba organizada
por color, lo cual era toda una proeza ya que
los colores de la mayoría de sus prendas oscilaban entre el blanco y
beige. Además de eso, noté algunas etiquetas, nunca me había interesado demasiado
la moda, pero reconocía el logo de Coco Chanel
y Carolina Herrera cuando los veía.
Se podía decir que prácticamente todas sus prendas eran de diseñador.
Continué examinando su cuarto. El blanco habitual del hospital, que tanto me enfermaba
y exasperaba, había sido cubierto por infinidad de listas de papel.
Me acerqué más para analizar algunas. Casi ninguna tenía títulos o palabras que me
indicaran que era lo que Jenna contaba con tanto ahínco, pero todas eran
bastante largas. No fue sino una la que captó mi atención, ocupaba casi cinco
hojas oficio en la pared, con el dedo seguí las anotaciones hasta el final que
indicaba 1735 días. Arquee las cejas, ¿qué podía llevar tanto tiempo?
-Listo – Me informó Jenna saliendo del baño – Ya podemos… -
Se detuvo en seco al notar lo que yo estaba haciendo.
Temiendo haber husmeado demasiado en su privacidad me aparté
y puse cara de arrepentimiento – Lo siento, no quería-
-Escuché que tus padres vienen de visita la próxima semana-
Comentó ella mientras depositaba la ropa que se había sacado dentro del ropero –
Vienen bastante seguido—
Ladeé la cabeza incapaz de descifrar el significado detrás de
sus palabras – Supongo, ¿no lo hacen todos?-
-No todos – Afirmó ella –Al menos no los míos-
La miré confundida -¿A qué te referís?, ¿cuánto hace que no
los ves?
-Cuatro años, dos meses y quince días – Contestó sin vacilar
– Desde que ingresé a Priory-
-¿Cómo?-
Jenna estiró una arruga invisible de su vestido – Mi padres,
bueno, ellos no se tomaron muy bien lo de mi… problema-
Genial, Lara, tenés un
don para hacer sentir mal a la gente - Me regañó mi subconsciente.
Con movimientos lentos caminé hasta donde ella se
encontraba, coloque mi mano en su hombro para darle ánimos, aunque no estaba
segura de que decir exactamente.
-Tal vez tiene conflictos para venir, seguro deben llamar
seguido-
Jenna negó con la cabeza – Para ellos la imagen lo que los
demás piensen es sumamente importante – Explicó con un deje sarcástico – Se
encargaron de idear una buena mentira para sus amigos del club de polo-
La miré confundida - ¿Dónde les dijeron que pasaste todos
estos años?-
-En un internado en París, codeándome con la creme dela creme
francesa – Explicó con ironía – Solamente hablan conmigo para mi cumpleaños,
navidad y año nuevo, para todo lo demás se dirigen directamente al médico de
cabecera que tenga en ese momento-
Me quedé en silencio, analizando sus palabras, me costaba
asimilar todo lo que me estaba contando, me negaba a hacerlo, ¿qué clase de
padres podrían hacer algo así?
-Deberíamos ir al comedor ahora – Sugirió Jenna cambiando de
tema – Ya no falta demasiado para la cena-
Asentí todavía algo cohibida y comencé a seguirla hasta la
salida de su cuarto. Antes de que la puerta se cerrara detrás de mi di un
último vistazo a la lista que antes había captado mi atención, la más larga de
todas, 1735 ítem, el equivalente a 4 años, 2 meses y 15 días, el tiempo que
hacía que Jenna no veía a sus padres. Me sorprendió no haberlo descubierto hasta
ahora, después de todos esos meses en la clínica con ella, no me había
molestado en conocerla mejor, estaba demasiado metida en mi mista, en mis
problemas, en esa actitud egocéntrica y narcisista de creer que soy el único
ser con desgracias en la tierra, sin percatarme de que todos tenemos pesos que
llevar.
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