domingo, 11 de agosto de 2013

Capítulo 1

Tiré las maletas en suelo con desgano. Con pasos exageradamente lentos me senté en la destartalada cama de lo que sería mi nuevo cuarto por los próximos meses.
Me liberé del peso de mi cuerpo y dejé que mi cabeza se hundiera en la almohada, intentando no pensar en la cantidad de personas que la habrían usado antes de mí.
Suspiré y me froté los ojos con las palmas de las manos. –Vas a estar bien.
Repetí en un susurro las palabras que mamá me había dicho para darme ánimo.
-Es por  tu bien Lara- Me había asegurado mientras papá nos observaba en la distancia.
Bufé. Eso decía ella, porque no se veía encerrada en aquel loquero por tiempo indeterminado. ¿Cómo es que todo había llego tan lejos? Siempre supe que algo andaba mal conmigo, pero nunca imaginé que terminaría así.
Clavé la vista en el techo con manchas de humedad. Reí con ironía al notar que no mencionaban ambientes mohosos en el sitio web de Priory, que es dónde me encontraba.
Después del pequeño ‘incidente’ mis padres habían decidido dejar de ignorar mi ‘condición’. Todavía recordaba esa noche, me perseguía en sueños todos los días.
Negué con la cabeza, tenía que dejar de torturarme con eso. No cambiaría nada, lo hecho, hecho estaba. No es como si contarlo a los demás pudiera volver el tiempo atrás.
El punto es que papá escuchó de este ‘centro para la salud mental’ tan eficiente. Casualmente mamá encontró su sitio web en internet y habían pasado las semanas hasta el día de mi internación obligándome a mirarlo, para que fuera ‘conociendo el ambiente’, algo que encontraba realmente irritante. Es como si le mostraran un folleto de su celda a un criminal, ¿exactamente que esperaban de mí?
Unos golpes suaves en la puerta me trajeron de vuelta la realidad.
Me tome mi tiempo para abrir, temía lo que fuera que me aguardara del otro lado de aquel cuerpo de madera. ¿Un chaleco de fuerza tal vez?
-¿Lara Bloom? – Preguntó un hombre con bata blanca, médico asumí, dedicándome una sonrisa que me resultó algo forzada.  En sus manos llevaba un cuaderno y una lapicera.
Me limité a asentir con la cabeza, no me gustaban los extraños.
Ante mi falta de palabras el hombre, que ahora que lo analizaba mejor parecía de unos cuarenta y tantos, prosiguió con sus preguntas- ¿Puedo pasar señorita Bloom?
Nuevamente me llamé al silencio. Retorné a mi posición en la cama dejando la puerta abierta para que pudiera entrar.
Dudó unos segundos antes de seguirme. Luego acercó una silla, que no había notado hasta ese momento, al borde de la cama.
Abrió el cuaderno justo por la mitad y realizó unas anotaciones-¿Podría hacerle algunas preguntas Señorita Bloom?
-Lara-Le aclaré, odiaba las etiquetas y formalidades-Sólo Lara-
-Muy bien- Respondió asintiendo con la cabeza y luego movió la lapicera de forma frenética sobre el papel, ¿es que iba a anotar todo lo que dijera?
Bufé por lo bajo, esto iba a ser un infierno.
-Entonces, Lara, ¿sabes por qué estás acá? –
-Porque soy una loca peligrosa para la sociedad-  Pensé, pero lo consideré un tanto agresivo.
-Soy bipolar- Dije al fin-Pero usted ya lo sabía-
El médico acomodó su cabellera negro azabache, en dónde algunas canas comenzaban a aparecer, y  volvió a escribir- Ese es tu diagnostico Lara-Se aclaró la garganta- ¿Por qué decidiste tratarte?
-Yo no decidí tratarme- Contesté automáticamente- Fueron mis padres.
Volvió a asentir y prosiguió a anotarlo todo en su cuaderno. En ese momento supe que iba a odiar esa cosa, me aterraba la idea de que alguien pudiera recodar todo lo que decía. Estaba acostumbrada a pasar desapercibida, nadie escuchaba realmente lo que decía.
-¿Qué está anotando? – Inquirí mientras intentaba espiar por sobre el hombro.
-Sera mejor que te deje instalarte tranquila- Dijo ignorando mi pregunta mientras se ponía de pie- Bienvenida a Priory Lara, espero podamos ayudarte-
Lo último que oí fue el golpe seco de la puerta al cerrarse. Encontré algo injusto que él pudiera hacer todas las indagaciones que quisiera sin darme ningún tipo de respuesta. Pero también sabía que sería en vano discutir, después de todo, se supone que mi falta de ‘comunicación’ para con el resto me había llevado hasta ahí. Necesitaba ‘abrirme a los demás y ‘dejarlo salir’, lo que sea que eso signifique.
Observé mis valijas por el rabillo del ojo y luego escudriñé el cuarto. Paredes blancas, bastante pulcras, dos camas exactamente iguales, lo que me dio a entender que pronto tendría un compañero, rogué porque no fuera alguien con trastorno de personalidad. Dos mesitas de luz a juego con las camas, un pequeño estante y un ropero completaban la ‘decoración’.
En el extremo izquierdo del cuarto, frente a las camas, estaba la puerta que conducía al baño. Tan pronto como entré el aroma a productos de limpieza me impregnó la nariz obligándome a fruncir el ceño. Nada fuera de lo normal. Los azulejos, mosaicos y todos los aparatos eran blancos. Al igual que las paredes. Todo era blanco en realidad, demasiado para mi gusto.
Yo era artista, bueno, no una reconocida todavía. Estaba estudiando Arte en Oxford antes de que mi vida se convirtiera en el desastre que es ahora. Para mí esas paredes eran como un papel incitándome a que pintara sobre ellas.
Me mordí el labio recordando el juego de acuarelas que había escondido en mi equipaje. Podría tomar agua del baño y pintar algo detrás  de un mueble… no tenía que ser muy grande, nadie lo notaría.
-¡Ni lo pienses! Seguro tienen cámaras escondidas por todos lados- Me regañó mi subconsciente.
Frustrada abrí la maleta y comencé a colocar mi ropa en el ropero. Tenía cuatro estantes. Decidí dejar dos libres, en caso de que me asignaran un compañero. Había un solo ropero en la habitación, así que tendría que hacerme a la idea de compartir.
Desempaqué bastante rápido, no es como si  hubiera llevado muchas cosas conmigo. Los aparatos electrónicos estaban prohibidos. Así que mi Iphone se había quedado en casa. Mis acuarelas eran la más preciadas de mis pertenencias en ese momento. Las oculté dentro de una caja dónde también descansaban un par de zapatillas Converse. El reglamento no decía nada de pinturas, además ¿qué iba a hacer con ellas?, ¿tragármelas? No es como si pudiera morir intoxicada por eso, ¿o tal vez sí?
Una vez que todo estuvo ordenado mi estómago rugió. No sabía qué hora era, no solía llevar reloj y no pude encontrar ninguno en el cuarto. Sabía que en el hospital tenían cafetería. Sin embargo el almuerzo se servía de 12 a 13 am, según lo que me había indicado un enfermero en la entrada. Serían las 10am cuando ingresé, a mi charla con el médico le atribuí unos 15 minutos y  el resto del tiempo me la había pasado desempacando. Me rasqué la cabeza confundida, no tenía ni idea de que hora era. Decidí bajar de todas formas, con algo de suerte sería hora de almorzar.
…
La cafetería seguía con la tonalidad blanco pulcro de los cuartos y los pasillos. Me pregunté si tanta monotonía no sería mala para la salud mental, luego recordé que, en sí todos los que estábamos ahí ya estábamos locos, un simple color no podría arruinarnos más.
Tan pronto como entré comencé a buscar por una mesa vacía, pero todas parecían ocupadas. Los comensales no encajaban para nada con lo que yo esperaba encontrarme en un lugar como Priory.
Personas de diferentes edades sentadas en grupos de cuatro o cinco, comiendo sus almuerzos. Nada de gritos o cosas volando. Definitivamente las películas no les hacían justicia a los locos, a veces también podemos ser normales, al menos aparentarlo.
Tomé una bandeja y me uní a la fila para que me sirvieran mi comida. La cocinera, una mujer mayor con cabello canoso, me dedicó una sonrisa al mismo tiempo que me servía una especie de puré cuyo aspecto daba ganas de vomitar. Le devolví la sonrisa de la mejor forma que mi estómago me permitió.
Con calma me tomé un pan en la última estación y lo coloqué junto al engrudo. Me quedé observando el alimento unos instantes, ¿y ahora?
Iba a tener que sentarme en algún momento y dado que ninguna mesa estaba vacía, tendría que hablar con alguien. Con la mirada revisé las mesas. A lo lejos divisé un par de chicos, de más o menos mi edad charlando. Asumí que ellos eran mi mejor oportunidad. Tomé una gran bocanada de aire y me dirigí hacia ellos.
-Bien, entonces tenemos Brian Jones,  Jimi Hendrix,  Janis Joplin-Decía una de las chicas sentadas a la mesa. El lacio cabello rubio platinado le caía sobre los hombros y llegaba hasta su cintura.
-Jim Morrison- Respondió un chico frente a ella. Él tenía los rizos castaños alborotados y unas ojeras pronunciadas bajo sus ojos grises. Clavó la vista en mí pero luego pestañó un par de veces antes de apartar el rostro.
Me sentí algo desconcertada por su actuar, ¿es que ya le había caído mal sin siquiera conocerme?
-Jim Morrison- Repitió la rubia- Nos está faltando alguien, en la lista original eran cinco- Dirigió su mirada hacia otra chica frente a ella - ¿Alguna idea Jenna?
La aludida llevaba guantes de látex y limpiaba frenéticamente un cuchillo descartable. Su cabellera colorada, que le llegaba por encima de los hombros, se agitaba con cada uno de sus movimientos-No puedo creer que me obliguen a usar estos cubiertos, ¿es que nadie sabe nada sobre salubridad en este lugar?
La rubia bufó frustrada.
- Kurt Cobain- Dije con timidez. Estaban hablando del Club de los 27, la lista de prodigios musicales que habían muerto a la edad de 27. La conocía bien, puesto que una vez había realizado un cuadro al respecto.
Los tres chicos me observaron sorprendidos.
-¡Kurt Cobain!, por supuesto, ¿cómo se nos paso Josh? -
Josh se encogió de hombros y luego me dedicó una sonrisa- ¿Sos nueva?
Asentí con un gesto de mi cabeza.
-¿Qué tenés?- Inquirió Jenna sin levantar la vista del cuchillo que seguía limpiando.
Arqueé las cejas algo sorprendida, no estaba preparada para preguntas tan directas.
-Lo que Jenna quiso decir es…- Intervino la rubia al notar mi incomodidad- ¿Cuál es tu nombre chica nueva?
-Lara- Respondí fingiendo una sonrisa.
-Un placer Lara, yo soy Charlotte- Me extendió la mano para estrecharla con la mía- Desorden Alimenticio-Sin esperar mi respuesta siguió con las presentaciones- Él es Josh, esquizofrenia.
El chico me saludó con un gesto de la mano.
-Y esta chica tan simpática es Jenna, trastorno obsesivo compulsivo-
– Una placer conocerlos a todos- Estreché la mano de Charlotte todavía tendida ante mí- Y tengo trastorno bipolar por cierto.
La chica rubia asintió mientras corría una silla junto a ella para que me sentara. Dejé caer mi bandeja sobre la mesa y ocupé el lugar que me ofrecía. Noté que ella no tenía bandeja. Había dicho ‘desorden alimenticio’, ¿anorexia tal vez?
 Comencé a mordisquear el bollo de pan ya que el puré se había enfriado y parecía más vomitivo que antes.
Josh también había dejado el suyo de lado, mientras que Jenna por fin había dejado en paz al pobre cuchillo y se proponía a realizar el mismo procedimiento con el tenedor.
-Qué buen grupo de gente para pasar el verano, ¿no te parece?-Comentó el chico de rizos con tono sarcástico.
Todas reímos. Era Agosto, se suponía que retomaría mis clases en la universidad el próximo mes. Pero eso era antes.
Me encogí de hombros – Un grupo bastante interesante-
-Créeme que somos tu mejor opción- Añadió Charlotte- Somos los más jóvenes junto con ese chico de ahí-
Seguí su dedo señalando a un chico que jugaba con su puré sentado en una mesa a unos metros de la nuestra. Parecía bastante demacrado, su frente estaba sudorosa y sus ojeras eran incluso más marcadas que las de Josh.  Saltaba a la vista que el pobre chico estaba perturbado.
-¿Y por qué no está con ustedes? –Inquirí.
-Doug no está con nadie- Explicó el castaño- Llegó hace una semana, lo único que hace es evitar a todo el que se le acerque.
-¿Entonces como sabes su nombre?-
-Él está en adicciones, su sesión grupal es antes que la mía, como siempre llego temprano escucho algunas cosas – Josh comenzó a doblar una servilleta- Aunque Doug no es de los que más se abren en esas charlas… hasta donde yo sé es músico, está en una banda bastante reconocida y tiene problemas con el alcohol y las drogas.
Escudriñé al chico con la mirada. Tenía el cabello rubio, ojos azules y tez blanca. Encajaba con el estereotipo de rock star, remera de Blink 182, peinado desalineando, orejas horadadas y el brazo derecho tatuado casi por completo, ¿en qué banda estará?
-Bien, si ustedes ya terminaron de tragarse esa cosa viscosa- Habló Charlotte señalando el puré- Necesito aire fresco, ¿qué tal si vamos a dar una vuelta por el patio?-
Jenna dejó caer el tenedor que había estado limpiando- Cómo sea, de todas formas es imposible comer en estas condiciones-
-¿Josh?, ¿Lara?
Mi compañero asintió- Por mí está bien-
Todos clavaron sus ojos en mí. Con esfuerzo trague el último bocado de pan que me quedaba. Miré el puré con desgano, ni en un millón de años me iba a comer esa cosa-Seguro.
Rápidamente todos tomamos nuestras bandejas y seguimos la cabellera platinada de Charlotte hasta la puerta. Por el rabillo del ojo eché un último vistazo al lugar del chico misterioso pero este estaba vacío, ¿a dónde había ido?
…
El edificio de Priory contaba con unas tres hectáreas de patio, lo que para cualquier institución mental, era bastante importante.
El comedor tenía una gran puerta que lo conectaba con el patio, así que nos tomó sólo unos minutos llegar.
Los metros más próximos al edificio tenían el pasto prolijamente recortado, contaba con bancos y flores a su alrededor.  Algunos de los pacientes caminaban junto a enfermeros. Divise a una pareja de ancianos metidos de llenos en un ‘emocionante’ partido de ajedrez.
Supuse que nos detendríamos en alguno de los bancos, pero no fue así. Mis nuevos acompañantes continuaron avanzando hasta llegar al límite del terreno.
Un alambrado cuya altura me mareaba nos indicó el fin del camino. Justo en dónde este terminaba, el césped se volvía irregular. Del otro lado de la reja se veía una vasta cantidad de árboles, posiblemente la vegetación original del lugar. Después de todo, el hospital estaba algo apartado de Southgate.
Los demás se sentaron en el suelo y yo los imité. Una briza inesperada me alborotó la cabellera morocha que llevaba suelta. Era una brisa de verano pero de todas formas logró que mi cuerpo se estremeciera.
Charlotte sacó del bolsillo trasero de sus jeans una caja con cigarrillos. Asumí que estaban prohibidos, pero decidí no entrometerme, después de todo, hacía un par de horas ya había estado pensando en pintar las paredes de mi cuarto.
Sin intermediar palabra le dio una a Josh y me ofreció uno.
Lo rechacé con sutileza a lo que ella respondió encogiéndose de hombros.
Observé como sacaba el encendedor de la caja y prendía el extremo del cigarrillo. El humo no tardó en emanar.
Mientras ellos fumaban, la pobre Jenna escudriñaba el pasto con la mirada en busca de potenciales amenazas. Todo eso debía de ser una tortura para ella.
Continué observando mí alrededor y reparé en un par de arbustos junto a los árboles, en el extremo del enrejado. Me pareció que las ramas se movían pero se lo atribuí al viento.
-Entonces Lara…-Empezó a decir la chica rubia pero se vio interrumpida cuando una nueva briza nos embistió y arrastró la caja de cigarrillos que había dejado a sus pies-Mierda, ¡son los últimos que tengo!- Protestó.
Me puse de pié en un acto reflejo y seguí el pequeño cuadrado de cartón blanco y rojo hasta los arbustos que había estado observando segundos antes.
La intensidad del viento aumentó, como si se estuviera burlando de mí. Aceleré la marcha y atravesé los arbustos. Por fin la cajita cayó al suelo. Me agaché para juntarla.
En cuanto mis ojos se posaron en el suelo noté que el tejido que nos separaba del exterior estaba roto y no precisamente de forma accidental. 
-¿Pero cómo…? – Hablé en voz alta cuando me incorporaba pero no terminé la frase. Una vez erguida me encontré con la mirada perpleja del chico rubio de la cafetería, quién estaba del otro lado del enrejado.
-Lara, ¿estás bien? – Inquirió Josh-
Con un gesto de la mano Doug me pidió que no revelara a los demás su presencia.

-Sí, sólo estoy buscando la caja- Mentí y él sonrió.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario