Tiré las maletas en suelo con desgano. Con pasos
exageradamente lentos me senté en la destartalada cama de lo que sería mi nuevo
cuarto por los próximos meses.
Me liberé del peso de mi cuerpo y dejé que mi cabeza se
hundiera en la almohada, intentando no pensar en la cantidad de personas que la
habrían usado antes de mí.
Suspiré y me froté los ojos con las palmas de las manos.
–Vas a estar bien.
Repetí en un susurro las palabras que mamá me había dicho
para darme ánimo.
-Es por tu bien
Lara- Me había asegurado mientras papá nos observaba en la distancia.
Bufé. Eso decía ella, porque no se veía encerrada en
aquel loquero por tiempo indeterminado. ¿Cómo es que todo había llego tan
lejos? Siempre supe que algo andaba mal conmigo, pero nunca imaginé que
terminaría así.
Clavé la vista en el techo con manchas de humedad. Reí
con ironía al notar que no mencionaban ambientes mohosos en el sitio web de
Priory, que es dónde me encontraba.
Después del pequeño ‘incidente’ mis padres habían
decidido dejar de ignorar mi ‘condición’. Todavía recordaba esa noche, me perseguía
en sueños todos los días.
Negué con la cabeza, tenía que dejar de torturarme con
eso. No cambiaría nada, lo hecho, hecho estaba. No es como si contarlo a los
demás pudiera volver el tiempo atrás.
El punto es que papá escuchó de este ‘centro para la
salud mental’ tan eficiente. Casualmente mamá encontró su sitio web en internet
y habían pasado las semanas hasta el día de mi internación obligándome a
mirarlo, para que fuera ‘conociendo el ambiente’, algo que encontraba realmente
irritante. Es como si le mostraran un folleto de su celda a un criminal,
¿exactamente que esperaban de mí?
Unos golpes suaves en la puerta me trajeron de vuelta la
realidad.
Me tome mi tiempo para abrir, temía lo que fuera que me
aguardara del otro lado de aquel cuerpo de madera. ¿Un chaleco de fuerza tal
vez?
-¿Lara Bloom? – Preguntó un hombre con bata blanca,
médico asumí, dedicándome una sonrisa que me resultó algo forzada. En sus manos llevaba un cuaderno y una
lapicera.
Me limité a asentir con la cabeza, no me gustaban los
extraños.
Ante mi falta de palabras el hombre, que ahora que lo
analizaba mejor parecía de unos cuarenta y tantos, prosiguió con sus preguntas-
¿Puedo pasar señorita Bloom?
Nuevamente me llamé al silencio. Retorné a mi posición en
la cama dejando la puerta abierta para que pudiera entrar.
Dudó unos segundos antes de seguirme. Luego acercó una
silla, que no había notado hasta ese momento, al borde de la cama.
Abrió el cuaderno justo por la mitad y realizó unas
anotaciones-¿Podría hacerle algunas preguntas Señorita Bloom?
-Lara-Le aclaré, odiaba las etiquetas y formalidades-Sólo
Lara-
-Muy bien- Respondió asintiendo con la cabeza y luego
movió la lapicera de forma frenética sobre el papel, ¿es que iba a anotar todo
lo que dijera?
Bufé por lo bajo, esto iba a ser un infierno.
-Entonces, Lara, ¿sabes por qué estás acá? –
-Porque
soy una loca peligrosa para la sociedad-
Pensé, pero lo consideré un tanto agresivo.
-Soy bipolar- Dije al fin-Pero usted ya lo sabía-
El médico acomodó su cabellera negro azabache, en dónde
algunas canas comenzaban a aparecer, y volvió a escribir- Ese es tu diagnostico Lara-Se
aclaró la garganta- ¿Por qué decidiste tratarte?
-Yo no decidí tratarme- Contesté automáticamente- Fueron
mis padres.
Volvió a asentir y prosiguió a anotarlo todo en su
cuaderno. En ese momento supe que iba a odiar esa cosa, me aterraba la idea de
que alguien pudiera recodar todo lo que decía. Estaba acostumbrada a pasar
desapercibida, nadie escuchaba realmente lo que decía.
-¿Qué está anotando? – Inquirí mientras intentaba espiar
por sobre el hombro.
-Sera mejor que te deje instalarte tranquila- Dijo
ignorando mi pregunta mientras se ponía de pie- Bienvenida a Priory Lara,
espero podamos ayudarte-
Lo último que oí fue el golpe seco de la puerta al
cerrarse. Encontré algo injusto que él pudiera hacer todas las indagaciones que
quisiera sin darme ningún tipo de respuesta. Pero también sabía que sería en
vano discutir, después de todo, se supone que mi falta de ‘comunicación’ para
con el resto me había llevado hasta ahí. Necesitaba ‘abrirme a los demás y
‘dejarlo salir’, lo que sea que eso signifique.
Observé mis valijas por el rabillo del ojo y luego
escudriñé el cuarto. Paredes blancas, bastante pulcras, dos camas exactamente
iguales, lo que me dio a entender que pronto tendría un compañero, rogué porque
no fuera alguien con trastorno de personalidad. Dos mesitas de luz a juego con
las camas, un pequeño estante y un ropero completaban la ‘decoración’.
En el extremo izquierdo del cuarto, frente a las camas,
estaba la puerta que conducía al baño. Tan pronto como entré el aroma a
productos de limpieza me impregnó la nariz obligándome a fruncir el ceño. Nada
fuera de lo normal. Los azulejos, mosaicos y todos los aparatos eran blancos.
Al igual que las paredes. Todo era blanco en realidad, demasiado para mi gusto.
Yo era artista, bueno, no una reconocida todavía. Estaba
estudiando Arte en Oxford antes de que mi vida se convirtiera en el desastre
que es ahora. Para mí esas paredes eran como un papel incitándome a que pintara
sobre ellas.
Me mordí el labio recordando el juego de acuarelas que
había escondido en mi equipaje. Podría tomar agua del baño y pintar algo
detrás de un mueble… no tenía que ser
muy grande, nadie lo notaría.
-¡Ni
lo pienses! Seguro tienen cámaras escondidas por todos lados- Me
regañó mi subconsciente.
Frustrada abrí la maleta y comencé a colocar mi ropa en
el ropero. Tenía cuatro estantes. Decidí dejar dos libres, en caso de que me
asignaran un compañero. Había un solo ropero en la habitación, así que tendría
que hacerme a la idea de compartir.
Desempaqué bastante rápido, no es como si hubiera llevado muchas cosas conmigo. Los
aparatos electrónicos estaban prohibidos. Así que mi Iphone se había quedado en
casa. Mis acuarelas eran la más preciadas de mis pertenencias en ese momento.
Las oculté dentro de una caja dónde también descansaban un par de zapatillas
Converse. El reglamento no decía nada de pinturas, además ¿qué iba a hacer con
ellas?, ¿tragármelas? No es como si pudiera morir intoxicada por eso, ¿o tal
vez sí?
Una vez que todo estuvo ordenado mi estómago rugió. No
sabía qué hora era, no solía llevar reloj y no pude encontrar ninguno en el
cuarto. Sabía que en el hospital tenían cafetería. Sin embargo el almuerzo se
servía de 12 a 13 am, según lo que me había indicado un enfermero en la
entrada. Serían las 10am cuando ingresé, a mi charla con el médico le atribuí
unos 15 minutos y el resto del tiempo me
la había pasado desempacando. Me rasqué la cabeza confundida, no tenía ni idea
de que hora era. Decidí bajar de todas formas, con algo de suerte sería hora de
almorzar.
…
La cafetería seguía con la tonalidad blanco pulcro de los
cuartos y los pasillos. Me pregunté si tanta monotonía no sería mala para la
salud mental, luego recordé que, en sí todos los que estábamos ahí ya estábamos
locos, un simple color no podría arruinarnos más.
Tan pronto como entré comencé a buscar por una mesa
vacía, pero todas parecían ocupadas. Los comensales no encajaban para nada con
lo que yo esperaba encontrarme en un lugar como Priory.
Personas de diferentes edades sentadas en grupos de
cuatro o cinco, comiendo sus almuerzos. Nada de gritos o cosas volando. Definitivamente
las películas no les hacían justicia a los locos, a veces también podemos ser
normales, al menos aparentarlo.
Tomé una bandeja y me uní a la fila para que me sirvieran
mi comida. La cocinera, una mujer mayor con cabello canoso, me dedicó una
sonrisa al mismo tiempo que me servía una especie de puré cuyo aspecto daba
ganas de vomitar. Le devolví la sonrisa de la mejor forma que mi estómago me
permitió.
Con calma me tomé un pan en la última estación y lo coloqué
junto al engrudo. Me quedé observando el alimento unos instantes, ¿y ahora?
Iba a tener que sentarme en algún momento y dado que
ninguna mesa estaba vacía, tendría que hablar con alguien. Con la mirada revisé
las mesas. A lo lejos divisé un par de chicos, de más o menos mi edad
charlando. Asumí que ellos eran mi mejor oportunidad. Tomé una gran bocanada de
aire y me dirigí hacia ellos.
-Bien, entonces tenemos Brian Jones, Jimi Hendrix,
Janis Joplin-Decía una de las chicas sentadas a la mesa. El lacio
cabello rubio platinado le caía sobre los hombros y llegaba hasta su cintura.
-Jim Morrison- Respondió un chico frente a ella. Él tenía
los rizos castaños alborotados y unas ojeras pronunciadas bajo sus ojos grises.
Clavó la vista en mí pero luego pestañó un par de veces antes de apartar el
rostro.
Me sentí algo desconcertada por su actuar, ¿es que ya le
había caído mal sin siquiera conocerme?
-Jim Morrison- Repitió la rubia- Nos está faltando
alguien, en la lista original eran cinco- Dirigió su mirada hacia otra chica
frente a ella - ¿Alguna idea Jenna?
La aludida llevaba guantes de látex y limpiaba
frenéticamente un cuchillo descartable. Su cabellera colorada, que le llegaba
por encima de los hombros, se agitaba con cada uno de sus movimientos-No puedo
creer que me obliguen a usar estos cubiertos, ¿es que nadie sabe nada sobre
salubridad en este lugar?
La rubia bufó frustrada.
- Kurt Cobain- Dije con timidez. Estaban hablando del
Club de los 27, la lista de prodigios musicales que habían muerto a la edad de
27. La conocía bien, puesto que una vez había realizado un cuadro al respecto.
Los tres chicos me observaron sorprendidos.
-¡Kurt Cobain!, por supuesto, ¿cómo se nos paso Josh? -
Josh se encogió de hombros y luego me dedicó una sonrisa-
¿Sos nueva?
Asentí con un gesto de mi cabeza.
-¿Qué tenés?- Inquirió Jenna sin levantar la vista del
cuchillo que seguía limpiando.
Arqueé las cejas algo sorprendida, no estaba preparada
para preguntas tan directas.
-Lo que Jenna quiso decir es…- Intervino la rubia al
notar mi incomodidad- ¿Cuál es tu nombre chica nueva?
-Lara- Respondí fingiendo una sonrisa.
-Un placer Lara, yo soy Charlotte- Me extendió la mano
para estrecharla con la mía- Desorden Alimenticio-Sin esperar mi respuesta
siguió con las presentaciones- Él es Josh, esquizofrenia.
El chico me saludó con un gesto de la mano.
-Y esta chica tan simpática es Jenna, trastorno obsesivo
compulsivo-
– Una placer conocerlos a todos- Estreché la mano de
Charlotte todavía tendida ante mí- Y tengo trastorno bipolar por cierto.
La chica rubia asintió mientras corría una silla junto a
ella para que me sentara. Dejé caer mi bandeja sobre la mesa y ocupé el lugar
que me ofrecía. Noté que ella no tenía bandeja. Había dicho ‘desorden
alimenticio’, ¿anorexia tal vez?
Comencé a
mordisquear el bollo de pan ya que el puré se había enfriado y parecía más
vomitivo que antes.
Josh también había dejado el suyo de lado, mientras que
Jenna por fin había dejado en paz al pobre cuchillo y se proponía a realizar el
mismo procedimiento con el tenedor.
-Qué buen grupo de gente para pasar el verano, ¿no te
parece?-Comentó el chico de rizos con tono sarcástico.
Todas reímos. Era Agosto, se suponía que retomaría mis
clases en la universidad el próximo mes. Pero eso era antes.
Me encogí de hombros – Un grupo bastante interesante-
-Créeme que somos tu mejor opción- Añadió Charlotte-
Somos los más jóvenes junto con ese chico de ahí-
Seguí su dedo señalando a un chico que jugaba con su puré
sentado en una mesa a unos metros de la nuestra. Parecía bastante demacrado, su
frente estaba sudorosa y sus ojeras eran incluso más marcadas que las de
Josh. Saltaba a la vista que el pobre
chico estaba perturbado.
-¿Y por qué no está con ustedes? –Inquirí.
-Doug no está con nadie- Explicó el castaño- Llegó hace
una semana, lo único que hace es evitar a todo el que se le acerque.
-¿Entonces como sabes su nombre?-
-Él está en adicciones, su sesión grupal es antes que la
mía, como siempre llego temprano escucho algunas cosas – Josh comenzó a doblar
una servilleta- Aunque Doug no es de los que más se abren en esas charlas…
hasta donde yo sé es músico, está en una banda bastante reconocida y tiene
problemas con el alcohol y las drogas.
Escudriñé al chico con la mirada. Tenía el cabello rubio,
ojos azules y tez blanca. Encajaba con el estereotipo de rock star, remera de
Blink 182, peinado desalineando, orejas horadadas y el brazo derecho tatuado
casi por completo, ¿en qué banda estará?
-Bien, si ustedes ya terminaron de tragarse esa cosa
viscosa- Habló Charlotte señalando el puré- Necesito aire fresco, ¿qué tal si
vamos a dar una vuelta por el patio?-
Jenna dejó caer el tenedor que había estado limpiando-
Cómo sea, de todas formas es imposible comer en estas condiciones-
-¿Josh?, ¿Lara?
Mi compañero asintió- Por mí está bien-
Todos clavaron sus ojos en mí. Con esfuerzo trague el
último bocado de pan que me quedaba. Miré el puré con desgano, ni en un millón
de años me iba a comer esa cosa-Seguro.
Rápidamente todos tomamos nuestras bandejas y seguimos la
cabellera platinada de Charlotte hasta la puerta. Por el rabillo del ojo eché
un último vistazo al lugar del chico misterioso pero este estaba vacío, ¿a
dónde había ido?
…
El edificio de Priory contaba con unas tres hectáreas de
patio, lo que para cualquier institución mental, era bastante importante.
El comedor tenía una gran puerta que lo conectaba con el
patio, así que nos tomó sólo unos minutos llegar.
Los metros más próximos al edificio tenían el pasto
prolijamente recortado, contaba con bancos y flores a su alrededor. Algunos de los pacientes caminaban junto a
enfermeros. Divise a una pareja de ancianos metidos de llenos en un
‘emocionante’ partido de ajedrez.
Supuse que nos detendríamos en alguno de los bancos, pero
no fue así. Mis nuevos acompañantes continuaron avanzando hasta llegar al
límite del terreno.
Un alambrado cuya altura me mareaba nos indicó el fin del
camino. Justo en dónde este terminaba, el césped se volvía irregular. Del otro
lado de la reja se veía una vasta cantidad de árboles, posiblemente la
vegetación original del lugar. Después de todo, el hospital estaba algo
apartado de Southgate.
Los demás se sentaron en el suelo y yo los imité. Una
briza inesperada me alborotó la cabellera morocha que llevaba suelta. Era una
brisa de verano pero de todas formas logró que mi cuerpo se estremeciera.
Charlotte sacó del bolsillo trasero de sus jeans una caja
con cigarrillos. Asumí que estaban prohibidos, pero decidí no entrometerme,
después de todo, hacía un par de horas ya había estado pensando en pintar las
paredes de mi cuarto.
Sin intermediar palabra le dio una a Josh y me ofreció
uno.
Lo rechacé con sutileza a lo que ella respondió
encogiéndose de hombros.
Observé como sacaba el encendedor de la caja y prendía el
extremo del cigarrillo. El humo no tardó en emanar.
Mientras ellos fumaban, la pobre Jenna escudriñaba el
pasto con la mirada en busca de potenciales amenazas. Todo eso debía de ser una
tortura para ella.
Continué observando mí alrededor y reparé en un par de
arbustos junto a los árboles, en el extremo del enrejado. Me pareció que las
ramas se movían pero se lo atribuí al viento.
-Entonces Lara…-Empezó a decir la chica rubia pero se vio
interrumpida cuando una nueva briza nos embistió y arrastró la caja de
cigarrillos que había dejado a sus pies-Mierda, ¡son los últimos que tengo!-
Protestó.
Me puse de pié en un acto reflejo y seguí el pequeño
cuadrado de cartón blanco y rojo hasta los arbustos que había estado observando
segundos antes.
La intensidad del viento aumentó, como si se estuviera
burlando de mí. Aceleré la marcha y atravesé los arbustos. Por fin la cajita
cayó al suelo. Me agaché para juntarla.
En cuanto mis ojos se posaron en el suelo noté que el
tejido que nos separaba del exterior estaba roto y no precisamente de forma
accidental.
-¿Pero cómo…? – Hablé en voz alta cuando me incorporaba
pero no terminé la frase. Una vez erguida me encontré con la mirada perpleja del
chico rubio de la cafetería, quién estaba del otro lado del enrejado.
-Lara, ¿estás bien? – Inquirió Josh-
Con un gesto de la mano Doug me pidió que no revelara a
los demás su presencia.
-Sí, sólo estoy buscando la caja- Mentí y él sonrió.
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